Mis sueños sumergidos se despertaron al oír un suave sollozo proveniente de la cama de mi hermana. Me giré y vi que estaba de espaldas a mi. Me puse las zapatillas y me acerqué a ella sin hacer mucho ruido, puede que realmente estuviera dormida. Al ver que no volvía a sollozar, pensé que solo estaba teniendo una pesadilla, así que me dispuse a volver a mi cama. Pero, entonces oí como intentaba callarse a si misma mientras lloraba.
— ¡Hana! — le grité.
Mi hermana pegó un brinco, aún sin darse la vuelta para mirarme. Entonces me di cuenta el porqué de sus lágrimas. Hace unos días, nos informaron de que nuestro abuelo volvió a caer enfermo. Había estado luchando un par de años contra el cáncer, pero no podían hacer mucho más por el, ya era un milagro que aguantara un año más. Me senté al lado de su cama y le acaricié el pelo.
— No llores — le susurré, para calmarla — Todo va a salir bien.—
En menos de un segundo se giró rápidamente hacia mi y me abrazó. Esta vez empezó a llorar fuerte y dejó salir su tristeza por completo, sin retenerse. Yo cogí el álbum de fotos guardado en el primer cajón de la mesilla y empezamos a mirar las fotos con nostalgia, de cuando eramos pequeños. Mi hermana y yo vivíamos solos en un pequeño piso, a las afueras de la ciudad. Nuestros padres estaban separados, y no les interesábamos ninguno de los dos, ya que formaron sus propias familias otra vez, ignorándonos. Al pasar la última página vimos una foto que nos hizo llorar, incluso a mi. En la imagen se veía claramente a nuestro abuelo, sujetando a mi hermana en brazos y yo, abajo, jugando con una consola en el patio trasero. Los dos recordamos muy bien aquel día, ese día de primavera, cuando los cerezos habían florecido y estábamos como vagabundos fuera de casa, sin querer entrar.
Finalmente cerré el álbum de fotos, lo guardé en su sitio y le di un suave beso en la frente a Hana, mientras una lágrima se deslizaba por encima de mis labios. Los dos nos dormimos rápidamente.
Al día siguiente me desperté y fui directamente a la cocina al escuchar un ruido. Mi hermana estaba preparando el desayuno. Se giró hacia mi y me dio los buenos días con una gran sonrisa, aunque yo solo me pude fijar en sus ojeras y ojos levemente hinchados, al igual que los mios, por haber estado la noche entera llorando. Sabía que dentro de poco iban a llamar para darnos el pésame. Nuestro abuelo había fallecido anoche. Con tal de no herir más a mi hermana, no le conté nada, para que estuviera recuperada cuando tuviera que darle la noticia, así que intentaba coger el teléfono siempre para que ella no lo hiciera y acabara enterándose.
— Me voy a dar una ducha —le informé—si llama alguien, pásame el teléfono a mi, ¿de acuerdo?
—Está bien.—me respondió, con una cálida sonrisa.
Entré en el cuarto de baño, me quité la ropa e intenté ducharme lo más rápido posible, para que así ni siquiera tuviera que coger el teléfono. Al parecer, el mundo estaba en mi contra aquel día. Evidentemente, sonó. Mi hermana no respondió, pero se puso delante de la puerta, llamándome para que lo cogiera. Con todas mis energías salí disparado de la ducha y me puse la ropa como pude, al revés y sin los pantalones. Mi rapidez no fue suficiente, porque se disculpó conmigo y atendió al teléfono.
—¿Aló?—miré la puerta y escuché horrorizado.—Deje de llorar, por favor.—Recé para que no lo entendiera.—...—de pronto, no se oyó nada más que el silencioso e indescifrable sonido de una voz en el teléfono.—¿Qué..?—en ese momento oí el impacto del teléfono contra el suelo.
Fui rápido a abrir la puerta y, cuando me quise dar cuenta, vi a mi hermana de pie, mirando con expresión vacía la pared, como si hubiera quedado en trance. No llegué a pronunciar su nombre completo, pues ella se giró hacia mi, corrió y me abrazó. Gritaba mientras sus propias lágrimas le cubrían la cara y se le enrojecían las mejillas. Le acaricié la cabeza y la abracé. Aquel día me prometí a mi mismo que jamás, sin tener en cuenta las circunstancias, volvería a dejar que le hicieran daño.


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