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[03] ''PERMANECEREMOS JUNTAS''




— Eres una cobarde. Ya no puedo entenderte. ¿Hoy era el día, no? Se suponía que lo ibas a confesar delante de tus padres.— susurraba en voz baja, mirando hacia un pequeño espejo que estaba torcido sobre la pared, mientras me castigaba a mi misma.

Miraba con tristeza la puerta, donde se veía tras los cristales a mis padres fumando con una gran sonrisa en su cara. ''Esto no puede ser tan difícil'', pensé. Hacía cuatro años que empezó mi confusión sobre que es lo que realmente ''me gustaba'', y hace un par de años empecé a salir con una chica que conocí por unos amigos. Estos dos últimos años habían sido los más felices de mi vida, pero cada vez que volvía a mi casa era como si estuviera en la propia boca del infierno. Mis padres habían estado haciendo comentarios homófobos desde que yo era solo una niña pequeña, que no entendía nada de estas cosas. Sin embargo, no podía aguantar mucho más este nudo en la garganta que me asfixiaba cada vez que quería confesarlo. 

No podía reprimirme más. El tiempo que pasaba con ella se hacía aún más corto y le hacía daño también diciéndole que no puede conocer a mis padres por el simple hecho de que yo seguía en el armario, sin querer salir. Estoy convencida de que si ella hubiera sido un hombre, sería adorada por mis padres. Pero el hecho de que sea mujer, hacía que ellos lo vieran mal nuevamente. Pero estaba enamorada. Lo que se siente, se siente, y si he encontrado la persona ideal para mi y resulta ser de mi mismo sexo, yo seguía sin ver el pecado que estaba cometiendo. Seguía siendo amor lo que sentía.

Aquella noche fue el día en que se lo comenté a mis padres, y, desgraciadamente, también la peor de mi vida. Nadie me había dicho que dolía tanto ver a tus padres mirándote con repugnancia y hasta llamándote cosas que jamás pensarías que saldrían de su boca hacia ti. Esa noche me fui llorando a la cama. No quería volver a dirigirles la palabra.

A la mañana siguiente me desperté por mi cuenta, me hice el desayuno rápido y me fui andando hacia el instituto. Mi padre solía llevarme en su coche, pero hoy no se había molestado ni tan siquiera levantarse como cada mañana a darme los buenos días. Bajé las escaleras con cuidado para no hacer ruido, y cuando llegué a la puerta de salida del piso, la abrí con una gran tristeza en mi rostro. Oí que alguien se acercaba, pero no le di ni la más mínima importancia porque en aquel momento, en mis ojos empezó a llover. Mi vista se nublaba y, aun intentando callarme para que nadie me oyese, acabé cayendo sobre las rodillas sin poder retener mis lágrimas. 

— ¿Georgia? — ella estaba pronunciando mi nombre. Alcé la mirada y pude verla, aún con la vista nublada. 
En ese momento dejé de contenerme. Ella me abrazó, intentando que mis lágrimas cesasen, pero acabó llorando incluso más que yo. Se secó rápido la cara, se levantó y me extendió la mano, con un gran sonrisa en su rostro. 

— No te dejaré pasar por esto sola. —musitó con un hilito de voz que aún le quedaba. Cogí su mano y me ayudó a alzar mi cuerpo.

Me dio un cálido beso en la frente, mientras yo cerraba los ojos. Solo pude pensar una sola cosa. Algo que dolió más que me hicieran daño a mi, fue verla llorar a ella. 

— No volveremos a llorar por esto. — pronuncié, con lo que aún me quedaba de voz.


— Jamás.


[02] ''JAMÁS TE DEJARÉ SOLA''



Mis sueños sumergidos se despertaron al oír un suave sollozo proveniente de la cama de mi hermana. Me giré y vi que estaba de espaldas a mi. Me puse las zapatillas y me acerqué a ella sin hacer mucho ruido, puede que realmente estuviera dormida. Al ver que no volvía a sollozar, pensé que solo estaba teniendo una pesadilla, así que me dispuse a volver a mi cama. Pero, entonces oí como intentaba callarse a si misma mientras lloraba.

— ¡Hana! — le grité.

Mi hermana pegó un brinco, aún sin darse la vuelta para mirarme. Entonces me di cuenta el porqué de sus lágrimas. Hace unos días, nos informaron de que nuestro abuelo volvió a caer enfermo. Había estado luchando un par de años contra el cáncer, pero no podían hacer mucho más por el, ya era un milagro que aguantara un año más. Me senté al lado de su cama y le acaricié el pelo.

— No llores — le susurré, para calmarla — Todo va a salir bien.—

En menos de un segundo se giró rápidamente hacia mi y me abrazó. Esta vez empezó a llorar fuerte y dejó salir su tristeza por completo, sin retenerse. Yo cogí el álbum de fotos guardado en el primer cajón de la mesilla y empezamos a mirar las fotos con nostalgia, de cuando eramos pequeños. Mi hermana y yo vivíamos solos en un pequeño piso, a las afueras de la ciudad. Nuestros padres estaban separados, y no les interesábamos ninguno de los dos, ya que formaron sus propias familias otra vez, ignorándonos. Al pasar la última página vimos una foto que nos hizo llorar, incluso a mi. En la imagen se veía claramente a nuestro abuelo, sujetando a mi hermana en brazos y yo, abajo, jugando con una consola en el patio trasero. Los dos recordamos muy bien aquel día, ese día de primavera, cuando los cerezos habían florecido y estábamos como vagabundos fuera de casa, sin querer entrar.
Finalmente cerré el álbum de fotos, lo guardé en su sitio y le di un suave beso en la frente a Hana, mientras una lágrima se deslizaba por encima de mis labios. Los dos nos dormimos rápidamente. 

Al día siguiente me desperté y fui directamente a la cocina al escuchar un ruido. Mi hermana estaba preparando el desayuno. Se giró hacia mi y me dio los buenos días con una gran sonrisa, aunque yo solo me pude fijar en sus ojeras y ojos levemente hinchados, al igual que los mios, por haber estado la noche entera llorando. Sabía que dentro de poco iban a llamar para darnos el pésame. Nuestro abuelo había fallecido anoche. Con tal de no herir más a mi hermana, no le conté nada, para que estuviera recuperada cuando tuviera que darle la noticia, así que intentaba coger el teléfono siempre para que ella no lo hiciera y acabara enterándose. 

— Me voy a dar una ducha —le informé—si llama alguien, pásame el teléfono a mi, ¿de acuerdo?
—Está bien.—me respondió, con una cálida sonrisa.

Entré en el cuarto de baño, me quité la ropa e intenté ducharme lo más rápido posible, para que así ni siquiera tuviera que coger el teléfono. Al parecer, el mundo estaba en mi contra aquel día. Evidentemente, sonó. Mi hermana no respondió, pero se puso delante de la puerta, llamándome para que lo cogiera. Con todas mis energías salí disparado de la ducha y me puse la ropa como pude, al revés y sin los pantalones. Mi rapidez no fue suficiente, porque se disculpó conmigo y atendió al teléfono.

—¿Aló?—miré la puerta y escuché horrorizado.—Deje de llorar, por favor.—Recé para que no lo entendiera.—...—de pronto, no se oyó nada más que el silencioso e indescifrable sonido de una voz en el teléfono.—¿Qué..?—en ese momento oí el impacto del teléfono contra el suelo. 

Fui rápido a abrir la puerta y, cuando me quise dar cuenta, vi a mi hermana de pie, mirando con expresión vacía la pared, como si hubiera quedado en trance. No llegué a pronunciar su nombre completo, pues ella se giró hacia mi, corrió y me abrazó. Gritaba mientras sus propias lágrimas le cubrían la cara y se le enrojecían las mejillas. Le acaricié la cabeza y la abracé. Aquel día me prometí a mi mismo que jamás, sin tener en cuenta las circunstancias, volvería a dejar que le hicieran daño.


[01] ''GRACIAS''


Un día de invierno, cuando era estudiante de primer curso en el instituto, vi a un chico de mi antigua escuela volver a casa. Su nombre era Kyle. Parecía que llevaba todos sus libros, a lo que me extrañé y solo pensé ''¿Porqué lleva todos sus libros un viernes? debe ser un empollón''.

Yo ya había planeado el fin de semana: fiesta y fútbol todo el día con mis amigos, así que me encogí de hombros y seguí mi camino, sin darle importancia a aquello. Mientras caminaba, vi a un grupo de chicos corriendo hacia el. Le empujaron y tiraron todos sus libros al suelo, y sus gafas salieron volando por lo menos tres metros de distancia. Ellos se fueron, y cuando Kyle se levantó vi una terrible tristeza en sus ojos. Corrí hacia el y mientras se arrastraba por la hierba buscando sus gafas vi un arañazo en su ojo derecho. Le acerqué sus gafas y le hablé.

— Esos tipos son unos idiotas. ¡No tienen porque hacerte esto!
— ¡Gracias, tío! — Me dijo con una gran sonrisa en su cara, una de esas sonrisas llenas de gratitud.

Le ayudé a recoger sus libros y le pregunté donde vivía. Resultó que vivía justo a mi lado, así que le pregunté como es que no lo había visto antes. Me dijo que había estado en un colegio privado hasta ahora. Lo único que podía pensar en ese momento era que nunca me había juntado con alguien de un colegio privado. Cogí la mitad de su montaña de libros y estuvimos hablando durante todo el camino a casa.
Resultó ser un buen chico, así que le pregunté si quería venir a jugar al fútbol conmigo y mis amigos el sábado. Dijo que sí.

Al final quedamos todo el fin de semana. Cuanto más conocía a Kyle, mejor me caía. A mis amigos les pasaba lo mismo. El lunes llegó y ahí estaba Kyle con su enorme montaña de libros. Le agarré del hombro y le frené.

— ¡Chico, te van a salir unos buenos músculos si cargas con estos libros cada día!—se rió y me pasó la mitad.

Durante los siguientes cuatro años, Kyle y yo nos volvimos inseparables, los mejores amigos. Cuando crecimos, empezamos a pensar en la universidad. El decidió ir a Georgetown, pero yo me decidí por Duke ya que mis notas eran inferiores. A pesar de eso, sabía perfectamente que seguiríamos siendo amigos. El quería ser médico, y yo iba a ir a Duke gracias a una beca de fútbol.

Kyle se registró en mi instituto al final, y resultó ser el mejor de nuestra clase. Yo le tomaba el pelo todo el tiempo por ser un empollón, aunque el sabía que lo hacía de broma, solo porque le quería.
Le asignaron dar el discurso de graduación. Recuerdo estar muy aliviado por no tener que hablar yo.
El día de la graduación vi a Kyle entre la multitud. Estaba genial. Era uno de esos tipos que cambiaron drásticamente durante la escuela. Había crecido y esas gafas le quedaban perfectas. ¡Hasta había tenido más citas que yo! ¡Las chicas lo adoraban! Señores.. a veces me pongo celoso. Me fijé en su rostro y lo notaba muy tenso y nervioso por el discurso. Le di una palmadita en la espalda y me miró.

— ¿Que pasa, tío? ¡Lo vas a hacer genial!
— ¡Gracias, tío! — exclamó, mientras me miraba con una de sus miradas, llenas de gratitud.

Cuando comenzó el discurso, se aclaró la garganta y empezó.

— La graduación es un momento para agradecer a aquellos que nos han ayudado en los momentos duros y por todo lo que han hecho por nosotros. Nuestros padres, nuestros maestros, nuestros hermanos, a lo mejor un entrenador.. pero, sobretodo, a los amigos. Hoy estoy aquí para contaros que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podrías hacerle a alguien. Voy a contaros una historia. — yo miraba a mis amigos con incredulidad mientras el relataba el primer día que nos conocimos. Nos contó que planeaba suicidarse ese mismo fin de semana, aquel donde lo pasamos juntos. Habló de como tuvo que limpiar su casillero para que su madre no lo tuviera que hacer después y estaba llevando todas sus cosas a casa. Me miró fijamente y me sonrió. — Afortunadamente, me salvaron. Mi mejor amigo me salvó de hacer algo irremediable.—

Oí a la multitud comentando como aquel atractivo y popular chico nos contaba su momento de debilidad. Miré hacia atrás y vi a sus padres, sonriéndome con aquella sonrisa especial. No fue hasta ese momento en que me había dado cuenta de qué había hecho.
Subestimé el poder de mis acciones. Pero, con un pequeño gesto.. puedes cambiar la vida de una persona por completo.



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