— Eres una cobarde. Ya no puedo entenderte. ¿Hoy era el día, no? Se suponía que lo ibas a confesar delante de tus padres.— susurraba en voz baja, mirando hacia un pequeño espejo que estaba torcido sobre la pared, mientras me castigaba a mi misma.
Miraba con tristeza la puerta, donde se veía tras los cristales a mis padres fumando con una gran sonrisa en su cara. ''Esto no puede ser tan difícil'', pensé. Hacía cuatro años que empezó mi confusión sobre que es lo que realmente ''me gustaba'', y hace un par de años empecé a salir con una chica que conocí por unos amigos. Estos dos últimos años habían sido los más felices de mi vida, pero cada vez que volvía a mi casa era como si estuviera en la propia boca del infierno. Mis padres habían estado haciendo comentarios homófobos desde que yo era solo una niña pequeña, que no entendía nada de estas cosas. Sin embargo, no podía aguantar mucho más este nudo en la garganta que me asfixiaba cada vez que quería confesarlo.
No podía reprimirme más. El tiempo que pasaba con ella se hacía aún más corto y le hacía daño también diciéndole que no puede conocer a mis padres por el simple hecho de que yo seguía en el armario, sin querer salir. Estoy convencida de que si ella hubiera sido un hombre, sería adorada por mis padres. Pero el hecho de que sea mujer, hacía que ellos lo vieran mal nuevamente. Pero estaba enamorada. Lo que se siente, se siente, y si he encontrado la persona ideal para mi y resulta ser de mi mismo sexo, yo seguía sin ver el pecado que estaba cometiendo. Seguía siendo amor lo que sentía.
Aquella noche fue el día en que se lo comenté a mis padres, y, desgraciadamente, también la peor de mi vida. Nadie me había dicho que dolía tanto ver a tus padres mirándote con repugnancia y hasta llamándote cosas que jamás pensarías que saldrían de su boca hacia ti. Esa noche me fui llorando a la cama. No quería volver a dirigirles la palabra.
A la mañana siguiente me desperté por mi cuenta, me hice el desayuno rápido y me fui andando hacia el instituto. Mi padre solía llevarme en su coche, pero hoy no se había molestado ni tan siquiera levantarse como cada mañana a darme los buenos días. Bajé las escaleras con cuidado para no hacer ruido, y cuando llegué a la puerta de salida del piso, la abrí con una gran tristeza en mi rostro. Oí que alguien se acercaba, pero no le di ni la más mínima importancia porque en aquel momento, en mis ojos empezó a llover. Mi vista se nublaba y, aun intentando callarme para que nadie me oyese, acabé cayendo sobre las rodillas sin poder retener mis lágrimas.
— ¿Georgia? — ella estaba pronunciando mi nombre. Alcé la mirada y pude verla, aún con la vista nublada.
En ese momento dejé de contenerme. Ella me abrazó, intentando que mis lágrimas cesasen, pero acabó llorando incluso más que yo. Se secó rápido la cara, se levantó y me extendió la mano, con un gran sonrisa en su rostro.
— No te dejaré pasar por esto sola. —musitó con un hilito de voz que aún le quedaba. Cogí su mano y me ayudó a alzar mi cuerpo.
Me dio un cálido beso en la frente, mientras yo cerraba los ojos. Solo pude pensar una sola cosa. Algo que dolió más que me hicieran daño a mi, fue verla llorar a ella.
— No volveremos a llorar por esto. — pronuncié, con lo que aún me quedaba de voz.
— Jamás.



